Barcelona comenzó hace más de una década a tomar medidas para gestionar el turismo masivo. La primera fue el veto a nuevos pisos turísticos, impuesto por el exalcalde Xavier Trias en 2014, tras un verano de desmadre que tocó techo con la imagen de turistas desnudos en un supermercado del barrio de la Barceloneta. Desde entonces, se ha cortado el grifo a nuevos hoteles en el centro, se han cerrado pisos turísticos ilegales, se han tomado medidas para reducir el impacto de los visitantes en puntos muy masificados como la Sagrada Família o el Park Guell, y hay compromisos a futuro, como el cierre de terminales de cruceros o de los 10.000 pisos turísticos que tienen licencia. Esta misma semana, el Ayuntamiento ha prohibido la organización de las rutas de alcohol.
Pese a los esfuerzos, el número de visitantes no para de crecer, con el paréntesis de la pandemia, que mostró la dependencia que la ciudad y miles de trabajadores tienen del sector, y el turismo es la tercera preocupación entre los vecinos. En 2022, con la situación recuperando la normalidad poscovid, los turistas alojados en la ciudad fueron 23,1 millones y en 2024, 26,1 millones. Se sigue creciendo, pero a menor ritmo que antes de la pandemia. Por ejemplo, las pernoctaciones en hoteles cayeron ligeramente en 2024 respecto a 2023: 20,1 millones, un 0,1% menos, aunque gastaron más. Y los cruceristas crecieron solo un 2,4%, cuando en los años anteriores los aumentos fueron de más de dos dígitos.






