—¡Baja patria!—, gritó el encapuchado, abordando a Kelvin por la espalda y obligándole a arrodillarse en el suelo, mientras otros cuatro jóvenes lo rodeaban. —¡Baja patria!—, repitió.

—No sé qué es eso—, respondió Kelvin, desconcertado, mientras veía de reojo una pistola en la mano de uno de ellos.

—Dispárale—, ordenó el del pasamontañas.

El proyectil entró por el costado izquierdo de Kelvin, le rozó el corazón, le atravesó el pulmón, el hígado, el bazo, y se alojó en su estómago. Cayó desplomado en la calle, mientras aquellos chicos que no había visto en su vida lo pateaban y macheteaban. Logró protegerse un poco la cabeza con el brazo y con la mano, y les gritó: “¡Parad! ¡Me vais a matar!”. Los atacantes huyeron en la oscuridad de la noche invernal. Sucedió el pasado 14 de enero.

Kelvin, venezolano de 20 años, no sabía que aquel grito con el que fue asaltado era la manera en la que las bandas condenan o sentencian al rival o al traidor. Levantó la cabeza y vio a su amiga, que corría en dirección contraria, de vuelta a su portal. “¡Jéssica!”, la llamó. La chica, a la que él estaba esperando debajo de su casa para ir bailar a alguna de las discotecas del centro de Madrid, se dio la vuelta, aterrada por lo que acababa de presenciar. Luego, se acercó temerosa a Kelvin y comprobó que estaba malherido y sangrando. “Llama a una ambulancia”, le pidió él entregándole su móvil. Y aún le quedaron fuerzas y aliento para telefonear a su primo, con quien desde hacía menos de un año vivía en Madrid. “Duré rato tirado en el piso, pero yo no me podía morir ahí”, contaba Kelvin, sentado en una silla de ruedas, en el hospital donde ahora lucha por volver a caminar.