La historia de Sahra y Samia comienza en una granja de Somalia que ya no existe. Les iba bien: la madre, de 55 años, dirigía con tino un pequeño negocio de ganado y cultivos. Hasta que su hermano, el único hombre adulto de la familia, lo arrasó todo. Cuentan que se drogaba, que les robó, que intentó forzar a su sobrina Samia, de solo 15 años, a casarse con un señor desconocido. Que quemó la casa mientras dormían. Que le arrancó una pierna a uno de los hermanos con una motosierra. Que disparó a Sahra. Era un hombre con poder y la policía lo trató como un problema doméstico, así que nadie lo detuvo. Huyeron, pero él las encontró. “Todo el mundo ama su país, siempre hay una razón muy fuerte para dejarlo”, arranca Sahra cuatro meses después de llegar a Mallorca en una patera. Madre e hija viven ahora en un centro de acogida, el único de las islas. Es un lugar agradable, rodeado de pinos en un entorno en el que cientos de turistas llenan sus barrigas de cerveza desde el mediodía. Es un lunes de principios de julio, las chicharras chirrían a 37 grados a la sombra. La madre habla y su hija traduce mientras se ajusta unas gafas negras de pasta.
Sahra, con esquirlas de bala aún incrustadas en la pierna derecha, dejó a sus hijos con una amiga; huiría a un país seguro para recuperarlos después. Pero Samia tomó una decisión que le cambió la vida: irse con ella. “No podía dejarla sola”. Solo habla somalí, no habla árabe, ni inglés, ¿cómo iba a llegar? Y así comenzó el viaje de una madre y una hija por cuatro países, casi 6.000 kilómetros en los que sobrevivieron a secuestros, mafias, prisiones, destierros…Y al mar.






