Estrés. Ansiedad. Pantallas. Horarios tardíos. O demasiado tempranos. Ruidos. Contaminación lumínica. Calor. Sobrepeso. Hijos. O no poder tenerlos. Falta de dinero. De vivienda. Sedentarismo. Desajustes hormonales. Es fácil encontrar motivos para dormir mal en una sociedad que ha dado la espalda a los ciclos naturales del sueño. Es un problema de salud pública que va mucho más allá del cansancio y que afecta a prácticamente todo el mundo desarrollado. Francia se convirtió la semana pasada en pionera en Europa

ttps://sante.gouv.fr/actualites/presse/communiques-de-presse/article/promouvoir-un-sommeil-de-qualite-pour-tous-une-feuille-de-route" data-link-track-dtm="">al establecer una hoja de ruta gubernamental para abordar este fenómeno, y los expertos piden que las administraciones tomen nota en España para frenar la epidemia de trastornos del sueño.

No es exagerado llamarlo “epidemia”: casi la mitad de la población española pasa malas noches, y un 14% ―cerca de siete millones de personas― sufre insomnio crónico, alerta la Sociedad Española de Neurología. En parte, como consecuencia de esto, España es el país con mayor consumo mundial de benzodiacepinas, según los informes de 2020 y 2022 de la Junta Internacional de Fiscalización de Estupefacientes (JIFE). Los datos de la OCDE lo sitúan como tercer país con mayor uso de ansiolíticos e hipnosedantes: 89 dosis por 1.000 habitantes al día, solo por debajo de Islandia (93) y Portugal (91), lo que prácticamente triplica la cifra de países como Italia o Grecia. Es algo relativamente reciente. En 20 años se ha duplicado el consumo de estos fármacos: hasta un 8% de la población los ha consumido en el último mes (cifra que llegó a repuntar a más del 9% en pandemia), según las encuestas del Ministerio de Sanidad.