Si solamente atendemos al currículum de Naufus Ramírez-Figueroa (Guatemala, 1978) o leemos algún que otro resumen rápido sobre la exposición Espectros luminosos que le dedica el Reina Sofía, tal vez, en un primer momento y con una lectura superficial o apresurada, la idea no nos resulte particularmente rompedora ni fuera de lo común: su obra está presente en muchas colecciones privadas —de hecho, esta exposición cuenta con la colaboración de la fundación de Francesca Thyssen, TBA21—, ha expuesto en la Tate y en el MoMA y tiene un buen número de encargos institucionales. Hasta el tema de casi todas las obras —la memoria de la violencia y la guerra civil en Guatemala, que obligó a su familia a exiliarse a Vancouver en los ochenta— cumpliría con la habitual predisposición de los museos occidentales a dedicar algunas de sus exposiciones menores a artistas del sur global si estos están dispuestos a representar sus respectivos traumas nacionales en su producción artística. Dicho de otra forma, hay quien podría leer a Ramírez-Figueroa como un artista más de media carrera, que lo mismo hace esculturas, que instalaciones, dibujos, performances o vídeos y que entraría —de nuevo, en principio— dentro de las tendencias “bienalistas” del arte internacional. Y aunque en algunas cartelas se intente reconducir su obra a este marco, seguramente para evitar el extrañamiento del público, y pese a que el Reina Sofía haya sido algo discreto sobre la publicidad de la exposición, la de Ramírez-Figueroa es quizá una de las propuestas más evocadoras y poéticas de todo el año.
El teatro de los espectros de Naufus Ramírez-Figueroa
El artista guatemalteco protagoniza una muestra en el Reina Sofía que revisita la violencia histórica desde el juego, la infancia y el artificio escénico.






