Al principio fue la rueda, como al principio fue Sherlock Holmes. El detective creado por Arthur Conan Doyle cambió el curso de la literatura y dejó una herencia que sigue y sigue hasta nuestros días, con novelistas del género policial repicando el modelo en infinitas variaciones que lo reinventan y actualizan. Pero la rueda es la rueda, sea en carro, bici, coche, fórmula 1 o camión. Y la rueda es ese mito llamado Sherlock Holmes.
La prestigiosa editorial francesa Gallimard ha incorporado al brillante detective inglés a La Pléiade, la exclusiva selección convertida en santa sanctorum, en canon de la literatura universal. Si Conan Doyle levantara la cabeza es probable que volviera a postrarla para siempre, disgustado, resentido por que no se le reconociera por sus otras obras y harto de que ese Sherlock al que llegó a matar y tuvo que resucitar ante el clamor popular suba al olimpo con más empuje que él.
Pero tendrá que aguantarse en la tumba, porque el honor de pertenecer a esa colección es tan grande que Borges lo consideró más importante que el Nobel. Vargas Llosa calificó el día en que le comunicaron su entrada como “el más feliz” de su vida. Y Malraux lo definió como “una biblioteca de la admiración”. Enfadado o no, el autor tendrá que soportarlo.






