Cuando llegó al MoMA en 1995 como director, y no faltaron voces que cuestionaron su nombramiento, había estado ya a cargo del Museo de Ontario y su especialización era en arte islámico. Sobre el papel, la idea de que Glenn Lowry (Nueva York, 70 años) dirigiera el legendario museo de Manhattan, cuya radical propuesta de acoger arte moderno había roto los moldes desde su apertura en 1929 y lo había convertido en faro de la vanguardia, no resultaba evidente. Hoy, tres décadas y dos fastuosas ampliaciones después, con 200.000 obras de arte en su colección, una sede satélite, el PS1 en Queens, cerca de 2,7 millones de visitantes al año y habiendo sobrevivido al ataque del 11-S, la pandemia o el crash de las finanzas de 2008, así como a las protestas que en 2021 forzaron la renuncia del presidente del patronato, Leon Black, por sus conexiones con Jason Epstein, lo que resulta difícil es imaginar a otra persona que hubiera logrado cruzar tantas tormentas con éxito.
El “torpedo” que imaginó el visionario primer director del MoMA, Alfred Barr, ese laboratorio-museo que iría renovando su colección y deshaciéndose de algunas de sus obras para mantener el pulso con la creación contemporánea, es una bestia muy particular. Tiene un apetito omnívoro, criticado por comerse los espacios contiguos en el Midtown de Manhattan, y sigue siendo un espejo en el que muchos se miran. El museo se sufraga desde su fundación con fondos privados, así que su patronato tiene un papel importante. Es igualmente insoslayable su influencia y repercusión en el mundo del arte contemporáneo y en el conjunto del universo museístico. Lowry es el director que más años ha ocupado la dirección. Hace un año anunció que dejaría el puesto en septiembre de 2025, y tras meses de rumores y quinielas se anunció esta primavera que Christophe Cherix, que ya trabajaba en el museo desde 2007 y es el conservador jefe de dibujo y grabado, será su sucesor.






