Antes, hace no demasiado tiempo, la gente ignoraba su existencia. Hoy es habitual conocer a algún trabajador expatriado. Estos días, en este país, hay infinidad de ellos. La ley dice que como máximo esta figura jurídica se puede mantener durante cinco años. Tiene ventajas fiscales y suele aplicarse a profesionales que llevan una carrera sólida en su empresa de origen. Tras ellos viaja una familia. Las ventanas abiertas son un mayor sueldo, una cultura distinta e incluso, a veces, llegan con un experto que les organiza toda la estancia. Este es el prólogo del Instituto de Estudios Económicos (IEE). Buscan colegios internacionales para sus hijos y zonas de alto poder adquisitivo. Y las casas van en consonancia. Piscina, gimnasio, coworking. También los lugares, sobre todo: Madrid y Barcelona. Pero esto es el arranque.
Primero está el paisaje, después la obsesión: que es siempre adquirir o alquilar casa en España. “Quizá sea porque esta tierra se ha convertido en la nueva Florida”, según Javier Sierra, presidente de la inmobiliaria Re/Max España. “Tal vez, porque aquí se vive muy bien”. Buenas palabras. La tendencia inicial es la búsqueda de una vivienda en alquiler, aunque si transcurren los días, y les gusta, pueden terminar adquiriendo una casa, con vistas a la jubilación. “Los expatriados que quieren una vivienda en arrendamiento suelen ser profesionales desplazados temporalmente, nómadas digitales o estudiantes extranjeros. El alquiler les ofrece flexibilidad, movilidad y menor inversión inicial”, sintetiza Luis Corral, consejero delegado de Foro Consultores Inmobiliarios. Persiguen detalles. “Principalmente pisos que van de los 70 a los 150 metros cuadrados distribuidos en dos-cuatro habitaciones, según las necesidades”, apostilla Juan-Galo Macià, presidente de Engel & Völkers para Iberia y Sudamérica.






