Muchos de los detenidos tras los altercados nocturnos que se produjeron en Francia tras la celebración de la fiesta nacional del 14 de julio eran menores. La violencia no ha cesado, y los disturbios se prolongaron sobre todo en distintos lugares del sur: quema de coches, enfrentamientos con la policía. Lo contaba el domingo en este diario Raquel Villaécija en un reportaje significativamente titulado “Francia extiende el toque de queda a menores para prevenir disturbios y guerrillas urbanas“. Resulta que el problema son unos muchachos que tienen entre 13 y 17 años y a los que hay que mantener encerrados en casa entre las 22.00 o las 23.00 horas hasta las seis de la mañana. Ciudades como Nîmes, Béziers, Compiègne o Limoges, en distintas zonas del país, y municipios de la región parisina como Villecresnes, Vitry, Triel y Saint-Ouen son algunos de los lugares que han adoptado la medida.
Uno de los Estados más poderosos de Europa quiere mantener recluidos a toda costa por las noches a unos chavales a los que cataloga como “desempleados, vinculados al narcotráfico, sin referentes y unidos en su odio a Francia y a la autoridad”, en palabras del ministro del Interior, Bruno Retailleau. Ha calificado los desmanes como “guerrillas urbanas”, y la cosa no es reciente, viene ya de lejos. No es más que una nota al margen, la letra menuda en la que nadie repara —salvo que le toque cerca— y que da la medida de los desbarajustes internos que padecen muchos países europeos y que resultan reveladores. Resulta que algunos entre los más jóvenes se han revuelto y han estallado tirando de descaro, furia y violencia para enfrentarse a un sistema en el que no terminan de encontrar su sitio.






