Benjamin Markovits (Palo Alto, California, 1973) había tenido hasta la fecha una mínima aparición en nuestras librerías. Fue en 2011 de la mano de la editorial Papel de Liar, con Impostura, uno de los tres libros dedicados a novelar parte de las peripecias en este mundo de Lord Byron. Su última novela, El resto de nuestras vidas, está narrada por Tom, abogado que está casado con Amy. Tienen dos hijos. La pequeña empieza la universidad y Tom la acompañara en coche hasta allí para que dé lugar al curso. Pero desde el momento, se nos expone la herida de aquel matrimonio y aquella familia. Una relación adúltera de Amy hace 12 años que fue descubierta por su marido fue solventada con un armisticio sellado por Tom con él mismo: aquella familia sería un hogar hasta que los hijos estuvieran fuera del nido. Llegado a ese punto, Tom se divorciará de Amy. Así que el viaje hasta la Universidad de Tom y su hija tiene mucho del inicio de lo que les queda por vivir a todos. La huida hacia cualquier parte (su pasado, su presente y quién sabe si su futuro) es el meollo de la novela que ha de dar sentido a todo el engranaje, pero hay un primer problema y es un conejo.
La historia reverbera hasta ensordecernos a Harry Angstrom, el protagonista de hasta cinco novelas de John Updike. Su marcha de casa en la primera entrega (Corre, Conejo) sin plan ni premeditación, lo convirtió en un Ulises moderno, atado a la nostalgia tanto como a la curiosidad de ser otro en otro lugar. Markovits intenta en todo momento que nos olvidemos que en este bar se juega, pero no lo consigue (que Tom como Harry haya sido buen jugador de baloncesto en su juventud no ayuda) así que la sombra de clonar un mecanismo conocido nos acompaña en todo momento. Y eso que los intentos de Markovits están bien jugados: Primera persona, la extracción social y cultural de ambos personajes es radicalmente distinta y las anécdotas alrededor del personaje también lo son pero, al despertar, Updike sigue allí.






