El acristalado comedor donde se servía el desayuno cada mañana tenía todos los ventanales empañados de un rocío doméstico. Vapores de café caliente y sartenes sobre los que burbujeaba la mantequilla. Entré y barrí las mesas con la mirada. Él estaba sentado al fondo, cerca del ventanal por el que se veía el patio del hotel que emulaba un vergel, una selva de palmeras cocoteras y arbustos exóticos de los que asomaban flores coloridas como avestruces. Pasaba las páginas de un periódico sobre la mesa.
—No sabía que te gustasen los deportes, dije al acercarme.
—¿Qué?
—Que has empezado el periódico por atrás.
—Ah —dijo—, no quería empezar el día con la guerra.






