En el verano de 1912, una empresa noruega dedicada a la caza de ballenas estableció una base en uno de los lugares más remotos y peligrosos del planeta: la isla Decepción, formada por un volcán activo que emerge en las aguas de la Antártida. Los descomunales tanques para almacenar el aceite de ballena todavía despuntan en las ruinas de

"">la estación ballenera, abandonada en 1931. También permanecen aquí las calderas usadas por los balleneros para extraer de la carne el aceite que se vendía como combustible para lámparas. Los cazadores mataban miles de ballenas cada año para iluminar a la humanidad.

La estación ballenera fue la capital virtual de la Antártida, pero hoy solo queda desolación. El cementerio de los balleneros, con 34 tumbas, fue sepultado por una erupción volcánica en 1969. Dos cruces solitarias todavía recuerdan a los noruegos Hans Gulliksen y Peder Knapstad, fallecidos hace un siglo en este fin del mundo.

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