Por precaución, esta vez Giulio Ciccone no lanzó sus gafas al público, porque en su última victoria, en el Tour de los Alpes, le multaron. Fueron 200 francos suizos, clín, clín, caja para ese voraz recaudador que es el organismo que regula el ciclismo, y que pagó con gusto la marca que le patrocina, animándole además a seguir haciéndolo. Pero el corredor del Lidl Trek es un tipo prudente y en el Boulevard de San Sebastián decidió no probar, no tanto por el dinero, sino porque aquella vez en San Lorenzo Dorsino también le quitaron puntos UCI a su equipo, y eso duele.
El gesto de Ciccone es de alegría, por supuesto. Lo había repetido tres veces, en Ponte di Legno, en el Giro; en el Alto de Pinos, de la Vuelta a Valencia, y el día de la multa, en el norte de Italia. Se abstuvo en la agradable tarde donostiarra, mientras recibía la brisa de la bahía. “Esta vez preferí disfrutar, simplemente”, comenta pícaro, “aunque pensé en hacer alguna cosa”. Le hubiera dado tiempo, porque llegó en solitario, después de despegar a sus sombras en Murgil, esa subida diabólica de dos kilómetros, para después descender hacia Donostia a toda velocidad. En el camino descosió los hilvanes con los que se sujetaba la estrategia del UAE, ambiciosa, pero sin la sustancia suficiente.






