El diseñador de moda mallorquín Miguel Adrover publica en redes el correo donde le comunica a Rosalía que rechaza el encargo de hacerle un traje a medida porque ella no ha publicado en redes una condena explícita del genocidio en Palestina: “Creo que eres mucho más que esos artistas que solo se dedican al espectáculo y al entretenimiento. Ahora tenemos que hacer lo correcto”. Es un momento oportuno para compartirlo, me digo, porque la noticia aparecerá en las pantallas de todo el mundo antes o después que imágenes terribles de niños desnutridos en Gaza, y porque empiezan las vacaciones y hay el espacio mediático libre para reiniciar el ciclo en la conversación pública.
Después de unos días, Rosalía condena públicamente el genocidio y también un poco la hipocresía del diseñador: “El hecho de no haber usado mi plataforma de forma alineada con el estilo o expectativas ajenas no significa en absoluto que no condeno lo que está pasando en Palestina. (...) Creo que el señalamiento debería direccionarse hacia arriba”. El mensaje de la cantante es muy incómodo de leer: en él se ve la sospecha de que posicionarse como artista a favor de una causa política ya no es tan radical ni útil, que por cada manifestación de horror genuina en redes, hay también una operación cosmética que solo sirve a cierta élite cultural para quedar bien con los suyos. Es natural exigir a los artistas que trafican con el reconocimiento social que se sitúen en esa sociedad. Pero el dilema ya no es entre posicionarse o ser cómplice callando, sino entre mandar un mensaje obvio y vacío o mandarlo y además aprovechar para atacar a quien contribuye a que la conversación se haya vuelto obvia y vacía.






