Y una triste noticia cruzó el océano con alas negras: la muerte de Bob Wilson. Fue de madrugada, sin despertar del sueño, en su habitación del Watermill Center, lugar que él mismo fundó en 1992 como laboratorio interdisciplinario para las artes y las humanidades, un espacio concebido para arriesgarse a hacer lo que aún no se ha hecho.
Este 31 de julio, justo el día en que empezaba una nueva edición del Open House del Watermill Center —un verano más, abriendo sus puertas a la comunidad local y visitantes para recorrer libremente sus espacios, talleres, instalaciones y performances—, recibimos la noticia. Lo que más le entusiasmaba —invitar a artistas de todas las disciplinas a experimentar— no se interrumpió a pesar de la fragilidad de los últimos días: cuentan que expresó su deseo de que los eventos de celebración previstos en Watermill no se cancelaran.
Tal vez escribir estas palabras sea ahora, para mí, una forma de consuelo. Pero lejos de la oscuridad sombría de un obituario, lo hago con la voluntad de celebrar su gran legado. No solo por su manera única de hacer teatro, sino, sobre todo, por su particular aproximación del espectador a la escena, descubriéndole un gesto escénico irreal y diferente, hecho tiempo ensimismado.











