Lo más desgarrador de salir de Gaza es la velocidad con la que se pueden ver dos mundos distintos. Del lado gazatí, donde empezaron su camino cuatro médicos que este jueves hablaron con EL PAÍS, los huesos no se curan y las heridas no sanan. Las infecciones abundan por doquier, mientras los cuerpos desnutridos de los palestinos sufren las consecuencias del férreo bloqueo impuesto por Israel, que permite una entrada muy limitada de comida al enclave. Los bombardeos continúan mientras el desánimo arrecia en una población diezmada por el hambre, donde tienen prohibido hasta meterse al mar y donde, como describe el cirujano británico Graeme Groom, las familias “duermen juntas para vivir o morir juntas”. Los doctores coinciden en que la palabra para describir las mil crisis que se viven en Gaza es el cansancio. Hay mucho cansancio.

Cuando los médicos entrevistados cruzaron al lado israelí, el mundo se transformó en uno con total normalidad. Allí, concuerdan, abundan las granjas y los invernaderos, los semáforos y los peatones. Todo al otro lado del “horrible laberinto de hormigón”, como cuenta James Smith, quien salió por el paso sur de Kerem Shalom. “Todo cambia apenas 30 segundos después de salir del complejo militar”, describe. Junto con sus colegas Groom y Ana Jeelani, integra una delegación de médicos británicos que, después de trabajar como voluntarios en la Franja, han visitado Madrid para denunciar la dramática situación gazatí.