Fridtjof Nansen se llevó el Nobel de la Paz por crear el primer pasaporte para refugiados, un encargo de la Liga de las Naciones para sobrevivir a la resaca de la Primera Guerra Mundial. El colapso de los grandes imperios ―ruso, otomano y austro-húngaro― había dejado millones de apátridas en situación crítica. El pasaporte Nansen no les garantizaba asilo o ciudadanía pero les permitía cruzar fronteras y pedir permisos de residencia y empleo en otro país. Casi medio millón de personas recibieron pasaportes Nansen.

Los primeros beneficiados fueron los rusos blancos, monárquicos, militares zaristas, intelectuales y aristócratas que lucharon contra los bolcheviques. Se reasentaron en países como Francia y Alemania, dejando una importante huella cultural. Uno puede ver Ninotschka sin conocer este detalle, pero se pierde los guiños de Lubitsch a estos supervivientes del viejo mundo. Después ayudó a miles de campesinos armenios y cristianos asirios a huir de la limpieza étnica y religiosa. Fue una innovación legal importante, que reconocía la identidad del refugiado que, sin estar respaldado por un Estado, quedaba protegido por la Liga. En 1943, en las cenizas de la siguiente guerra, se funda la Administración de las Naciones Unidas para el Auxilio y la Rehabilitación (UNRRA).