No importa el calor. Tampoco las miradas de unos turistas que, extrañados, se preguntan qué hace una adolescente vestida de princesa en mitad del parque de El Retiro. Los padres, orgullosos, observan a la joven posar ante un fotógrafo contratado para la ocasión. Todo debe ser perfecto. O, al menos, parecerlo. Ellos, de traje y corbata; ellas, con largos vestidos. La protagonista brilla con luz propia, casi literalmente, gracias a la abundante brillantina. Padre y hermanos actúan como convidados de piedra, mientras madre y hermana dan indicaciones al esforzado fotógrafo, que trata de que el calor, bajo un sol de justicia, no arruine todo el trabajo.
En la cultura latinoamericana, la fiesta de los 15 años, reservada exclusivamente para ellas, es un rito de tránsito con el que las familias reconocen la entrada de la joven en la vida adulta. Poco importa que la mayoría de edad legal se alcance a los 18: al cambiar unos zapatos planos por otros de tacón —acto central de la celebración—, el padre simboliza el reconocimiento de su hija como mujer. En el camino, una fiesta rosa llena de purpurina y bachata sirve también como marca de estatus social. Arraigada desde hace siglos en Latinoamérica, la fiesta ha cruzado el Atlántico y empieza a conquistar a las adolescentes españolas.






