La historia que cuenta Ullah Zakha parece del siglo XIX, pero empieza en 2019. Salió de Gujrat, Pakistán, para ir andando hasta Italia, tardó un año y ocho meses. Muestra en el móvil la ruta que hizo, y asegura que todos sus compañeros han llegado igual: pasó por Afganistán, Irán, Turquía, Grecia, Serbia, Hungría, Austria y en Italia acabó en Prato, a media hora de Florencia. Es la segunda ciudad de Toscana con 198.000 habitantes y el centro de industria textil más grande de Europa, un núcleo histórico del made in Italy que desde la crisis de 2008 fue colonizado por una galaxia de 5.000 empresas chinas, de un total de 7.000. Son subcontratadas para hacer rápido ropa barata para otras marcas y suponen el 3% de toda la producción textil de la UE. Después de un viaje así, Ullah Zakha se encontró trabajando en una fábrica de un empresario chino, Confezioni San Martino, 12 y 14 horas al día, siete días a la semana, y si se ponía enfermo no cobraba. Mandaba parte del dinero a su familia y vivía en una casa de dos habitaciones, un baño, cocina y salón con otras 10 personas.
Esto es normal en Prato, donde según denuncian la fiscalía y los sindicatos, trabajan en condiciones de esclavitud miles de extranjeros, principalmente chinos, paquistaníes y bangladesíes, en empresas dominadas por la mafia china. Se concentran en el llamado Macrolotto, un gigantesco polígono donde se suceden naves con carteles en mandarín bajo nombres de empresas en italiano que en realidad son una fachada. Esto era normal… hasta ahora: lo que ha cambiado es que muchos trabajadores ya saben lo que es una huelga, y que funciona. Gracias a un sindicato, SUDD Cobas, formado por jóvenes de la localidad, que en tres meses ha conseguido regularizar la situación de 79 pequeñas empresas. Aunque llevan siete años peleando en solitario, y ahora ven los frutos. Ya tienen mil afiliados.






