Un tipo bajito y enjuto, tocado con una gorra de béisbol y unas gafas gruesas de pasta marrón, apoya cuidadosamente su bicicleta contra una farola junto al café Hibou, en el Odeón parisino. En un gesto suave, mete la mano dentro de una bolsa de plástico y saca un pequeño fajo de periódicos que se coloca bajo del brazo. Como si estuviese a punto de levantarse el telón, el tipo coge aire y lanza: “¡Ya está aquí! Bayrou ha solucionado los problemas de Francia. Estamos salvados. ¡Compren Le Monde!”. Comienza la función.

Ali Akbar, pakistaní de 72 años, es el último vendedor ambulante de periódicos de París, aunque el nombre en francés sea mucho más poético: crieur (gritador). Desde hace más de medio siglo recorre unos 15 kilómetros diarios entre las callejuelas del Barrio Latino de París ofreciendo periódicos en plazas, restaurantes y locales nocturnos. Ali llega de Antony, en la banlieue sur de París, a mediodía. Empieza a la una, cuando llega a los quioscos Le Monde [su edición es vespertina], y no se marcha a su casa hasta que vuela el último ejemplar. Ya sean las ocho, las nueve o las diez de la noche. Desde el café Fleur a Les Éditeurs, pasando por la brasserie Lipp hasta la facultad de Sciences Po donde, durante años, cuando llegaba a despachar más de 250 periódicos diarios, encontró a sus principales clientes entre los estudiantes de políticas impacientes por saber lo que ocurría en el mundo.