Volví al kiosco de la esquina. El mismo donde hace unas semanas escuché a dos pibes negociando figuritas como si cerraran un tratado diplomático. Esta vez no había cola. El kiosquero estaba solo, acomodando revistas que ya casi nadie compra. Le pregunté cómo andaba el negocio. Me dijo que las figuritas seguían saliendo, pero que todo lo demás estaba flojo. "La gente compra por Mercado Libre, hermano. Hasta los caramelos". Le conté que el Papa había escrito un documento de 42 mil palabras sobre inteligencia artificial. Me miró como si le hubiera hablado en finlandés. "¿El Papa? ¿Sobre qué?". Sobre el trabajo, le dije. Sobre lo que pasa cuando las máquinas empiezan a hacer lo que hacían las personas. Se quedó callado un segundo y me dijo algo que me acompañó todo el día: "A mí no me va a reemplazar ningún robot... a mí me está reemplazando una aplicación". Tiene razón. A su kiosco no llegó ninguna IA sofisticada. Llegó un algoritmo de recomendación que le sugiere al vecino que compre las galletitas por internet en vez de bajar a la esquina. Llegó un sistema de logística que le deja el paquete en la puerta. Llegó una interfaz que convirtió la compra en un acto solitario, sin charla, sin "fijate que te traje lo que me pediste la otra vez". La máquina que le saca clientes al kiosquero solo sabe optimizar. Y eso alcanza.
El kiosquero, el Papa y el algoritmo
“La máquina que le saca clientes al kiosquero solo sabe optimizar. Y eso alcanza”, resume el autor. Se acabaron –casi- los tiempos en que el puesto de la esquina era la identidad del barrio. “El Papa habla de proteger al trabajador; Milei habla de liberar al mercado”, agrega.










