Rascan los sofás, llenan las casas de pelos, duermen una media de 15 horas al día y despiertan a sus dueños de madrugada sin un motivo aparente, se quejan cuando ven una puerta cerrada —como si estuvieran siempre en el lado equivocado—, ningunean los juguetes que se les compran y aman las cajas en los que llegan. Son tan independientes y maniáticos que, cuando aparece un ejemplar cariñoso, se lo define como un gato-perro.

No hay razones ni criterios objetivos para sustentar que un gato es adorable. Y, sin embargo, lo es. O, al menos, lo parece.

Los gatos viven hoy un momento estelar de su historia en su relación con el ser humano. Copan las redes sociales con vídeos y memes, protagonizan campañas de publicidad de firmas de lujo o de coches, legiones de voluntarios cuidan de los ejemplares que viven en la calle, invirtiendo su tiempo y su dinero. El pasado verano, en Nueva York, centenares de personas se metieron en un cine para ver 73 minutos de vídeos de gatos. En Toronto se organiza un paseo anual para contemplarlos a través de las ventanas de las casas. La exposición más visitada en los 30 años de historia del Museo Manggha de Cracovia fue una sobre gatos: acudieron 57.186 personas. En Atenas, un orondo gato naranja y blanco llamado Titán llegó a tener su propia ubicación en Google Maps a escasos metros de la Acrópolis.