El arqueólogo y antropólogo Jerry Moore repasa los hallazgos que explican una relación marcada primero por el miedo y, después, por el interés y la admiración mutua

Cuenta Jerry Moore que la duda le asaltó una noche cualquiera, en su sala de estar. Este arqueólogo y escritor tenía a su gato en su regazo, le miró fijamente, y reflexionó: “¿Cómo diablos ha llegado esto aquí?”. La respuesta a su inquietud es Cat Tales: A History (Thames & Hudson), por ahora sin traducción al español. Es un libro muy amplio y ambicioso, escrito desde la arqueología y la antropología, donde Moore nos lleva a un viaje que dura desde el Plioceno de los terroríficos gatos dientes de sable hasta los vídeos de gatitos en Instagram. Es una historia de miles de años de convivencia, desde la depredación mutua hasta la feliz domesticación, que demuestran que la pregunta que se hizo Moore tiene una respuesta muy compleja.

Durante décadas, la narrativa era incuestionable: los antiguos egipcios domesticaron a los gatos hace aproximadamente 4.000 años. Como depredadores de roedores, los gatos protegían los silos de grano y eran protegidos y admirados. Las familias lloraban su muerte, las momias de gato se guardaban con reverencia y Bastet, la diosa felina, era venerada y aparecía en esculturas y pinturas como protectora del hogar y de la familia. De ahí a la sala de estar de Moore, el salto parece lógico: el gato es un animal útil y hermoso que fue domesticado por la conveniencia humana y acabó robando nuestros corazones, y nuestros regazos.