La reciente incursión contra las instalaciones nucleares iraníes ha popularizado la imagen del futurista bombardero furtivo B-2, invisible al radar y capaz de alcanzar objetivos al otro lado del mundo. Pero no ha sido la primera intervención real de estos aparatos, ya utilizados en otros conflictos bélicos durante las tres últimas décadas. Y su origen se remonta mucho más atrás: diseñar y fabricar una aeronave de estas características es una carrera tecnológica muy larga.
Desarrollado por Northrop para la Fuerza Aérea de EE UU, debutó en 1999 en Kosovo; después, intervino en Afganistán, en Libia y, últimamente, venía haciéndolo en Yemen. Pero los primeros estudios sobre el B-2 se iniciaron en 1979, bajo la presidencia de Jimmy Carter. El prototipo voló en julio de 1989, hace 35 años. Su sucesor, —llamado B-2— empezó a proyectarse en 2011 y realizó su primer vuelo en noviembre de 2023. Con tales plazos, los planos de la siguiente generación de los más sofisticados aviones de combate tendrían que estar ya en los ordenadores de Northrop, o sus primeros prototipos ocultos en los hangares de Palmdale o en la mítica Area 51 de Nevada.
El interés por lograr un avión invisible comenzó hace más de un siglo. En un intento de reducir la visibilidad de sus aeronaves durante la Primera Guerra Mundial, los alemanes experimentaron con láminas transparentes de acetato de celulosa para recubrir alas y fuselaje en lugar de utilizar tela o chapa de madera. Con eso consiguieron unos curiosos aviones en los que podía verse todo el costillar; y también piezas imposibles de disimular, como el depósito de gasolina, el motor o el propio piloto.






