El pasado sábado, horas antes de que dos bombarderos B-2 estadounidenses atacaran esa noche la planta de enriquecimiento de uranio de Fordow, a unos 96 kilómetros al sur de Teherán, un satélite fotografió la entrada de ese lugar sepultado a entre 80 y 100 metros de profundidad. La imagen mostraba un convoy de 16 camiones de gran tonelaje. También maquinaria pesada. Washington bombardeó luego esas y otras instalaciones clave -Natanz e Isfahán— . Con esa arremetida, Estados Unidos garantizó “la destrucción total” del programa nuclear iraní, clamó Donald Trump. El presidente lo reiteró luego en sus redes sociales, donde habló de daños “monumentales” en “todas las instalaciones nucleares de Irán“. “¡En el blanco”, zanjó con una de esas frases lapidarias que tanto le gustan.

Las imágenes satelitales de esas tres instalaciones bombardeadas muestran daños pero, al menos en Fordow, no tan monumentales, al menos en apariencia. Sobre todo, porque el tipo de bomba que Washington utilizo allí —la potente antibúnker GBU-57— no explota al tocar la tierra, sino en el subsuelo, y solo deja en superficie unos agujeros que Jesús Pérez Triana, experto en seguridad y defensa, compara con el “mordisco de una serpiente”. Eso es lo que se ve en esas imágenes: seis orificios o cráteres de entrada no excesivamente grandes, dos en cada una de las dos entradas principales de la planta y otros dos en el conducto de ventilación.