Islandia, el único país del mundo integrado en una alianza militar sin tener ni un soldado, está redefiniendo su política de defensa. La guerra en Ucrania, el enfriamiento de las relaciones entre las dos orillas del Atlántico Norte, el creciente interés de Rusia y China en el Ártico, y la amenaza de Estados Unidos de anexionarse Groenlandia han provocado un profundo debate en la política islandesa. Aunque la creación de un ejército no parece estar sobre la mesa, el Gobierno islandés se ha comprometido con sus aliados en la OTAN a invertir muchísimo más en defensa —en 2024 destinó el 0,01% del PIB— y negocia con Bruselas un acuerdo bilateral para reforzar su seguridad.
El caso de Islandia es una anomalía: miembro fundador de la OTAN, es el único que carece de ejército, tampoco cuenta con un servicio de inteligencia, está exento de los compromisos de gasto de la Alianza, y, con algo menos de 400.000 habitantes, es el socio con menor población. La guardia costera, que tradicionalmente se ha dedicado a proteger las aguas pesqueras, ejerce cada vez un papel más relevante, incluso en la gestión de un sistema de defensa antiaérea. Los pilares de la estrategia de seguridad de la isla atlántica son su pertenencia a la organización transatlántica y un acuerdo bilateral con Estados Unidos firmado en los años cincuenta.






