Nadie se atrevía a decir una palabra estos días. En el Ayuntamiento de Santiago, después de conocerse —el 19 de junio— la sentencia del Supremo que reconocía la titularidad municipal de las dos estatuas del Pórtico de la Gloria en manos de los Franco desde hace 65 años, se contenía la respiración. No fuera a ser que un paso en falso gafase de nuevo el enrevesado destino de Ezequiel y Jeremías, las expresivas esculturas procedentes del nártex que durante la dictadura el consistorio entregó al caudillo para satisfacer un capricho. Hasta que la sentencia fuese firme, es decir, hasta que los herederos de Francisco Franco no desvelasen si continuarían la batalla en instancias europeas, la alcaldesa compostelana, Goretti Sanmartín (BNG), no descolgaría el teléfono para convocar a los sabios. Esta mañana, sin embargo, con una carta fechada el día 7 y enviada por burofax, que acababa de llegar a sus manos, empezó a hacerlo.

El documento, recibido por el abogado Xoaquín Monteagudo, de los servicios jurídicos del consistorio, era la renuncia definitiva de los nietos de Franco a las figuras del taller del Maestro Mateo. El Gobierno local de Santiago abre así las consultas para estudiar el traslado desde el Pazo de Meirás y debatir cuál será la futura ubicación más idónea dentro de la capital de Galicia.