El último disco de Benson Boone, American Heart, el segundo de su carrera y que se lanzó el pasado 20 de junio, ha producido en la crítica una imposible mezcla de condescendencia y furia. “Es una especie de Harry Styles de Lidl”, apunta la reseña de NME, que más adelante y asumiendo que todo el mundo lo va a escuchar en su celular, señala, casi cabreado: “Solo quieres tirar el teléfono por el inodoro”. El especialista de Pitchfork considera que el álbum es “afortunadamente breve” y explica que “la música de Boone es una especie invasora en el jardín del buen gusto”. Rolling Stone comienza diciendo que el estadounidense es “un símbolo sexual con bigote de película porno”, le coloca una calificación de dos estrellas sobre cinco y ataca: “Se desinfla bajo el peso de todo su glam-pop y pastiche de los setenta y ochenta”. Atención a cómo comienza el procaz podcast Switched on Pop, conducido por el musicólogo Nate Sloan: “Tenemos maravillosas noticias: el odio ha vuelto al pop”. El episodio, publicado hace dos días, resume así su contenido: “Analizamos el improbable ascenso y la sorprendente reacción contra Benson Boone”.
Podríamos seguir, pero sería repetitivo y hasta injusto: cada cierto tiempo los dardos de la delicatesen pop se ceban con alguien que tiene la peculiaridad de alcanzar los primeros puestos de ventas y llenar recintos. Benson Boone ocupa hoy el segundo lugar de los más vendedores en Estados Unidos solo por debajo de Morgan Wallen, la estrella del country comercial y, dicho sea de paso, admirador de Donald Trump. Boone actúa el viernes en el festival madrileño Mad Cool.






