El excomponente de One Direction ofrece un álbum donde huye de la complacencia a riesgo de no llegar a todos los públicos

A pesar de la bola de espejos de la portada, no estamos ante un álbum retro de música disco setentera y ochentera a lo Dua Lipa. Tampoco se puede considerar una continuación de Harry’s House, el anterior trabajo del inglés, que le colocó en la parte alta del pop global con temas como As It Was, que es posible que no exista nadie en el mundo que no lo haya bailado. Harry Styles (Worcestershire, 32 años) consiguió hace unas temporadas desprenderse del estigma de formar parte de una boy band. Suele ocurrir que consolida una carrera y el respeto masivo solo uno de los componentes: lo logró Robbie Williams al salir de Take That; de Justin Timberlake ya casi ni nos acordamos de que formó NSYNC, y lo mismo Styles con respecto a One Direction.

Ya como artista maduro, Styles se ha tomado cuatro años para confeccionar un disco nada complaciente, que huye deliberadamente de la canción pop indulgente para todos los públicos y que en algunas ocasiones bordea la música indie. Los últimos años los ha invertido el artista inglés en evitar aparecer en las publicaciones de chismes, hasta tal punto que su anteriormente excitante vida privada ha pasado al cajón de los tipos aburridos, para decepción de los tabloides. Esto ha hecho bien a su música, exploratoria en alguna medida, siempre enfocada a los sonidos electrónicos relajantes, unas canciones que aceptan bailarse sentado cómodamente en un sillón (se puede: pruébelo).