El controversial centro de detención de inmigrantes Alligator Alcatraz, en Florida, ha tenido un arranque complicado, empañado por denuncias de malas condiciones y falta de acceso a las autoridades y la prensa local. Las operaciones empezaron oficialmente el 2 de julio, tras una visita de espaldarazo del presidente Donald Trump.
El Gobierno de Florida levantó en menos de dos semanas el centro de detención en un antiguo aeropuerto en el medio de una reserva ecológica en los Everglades, al oeste de Miami, donde instaló carpas de lona con literas en celdas de alambre entrelazado, baños portátiles y generadores eléctricos. La construcción desató protestas de medioambientalistas y tribus locales durante los pocos días que duró. Además, la negativa de acceso a las autoridades locales generó críticas sobre falta de escrutinio público y garantías claras de legalidad.
Un hombre que se encuentra detenido ahí desde el jueves 3, cuando comenzaron a llegar los primeros reclusos, asegura que no tiene cómo bañarse o lavarse los dientes, que la comida consiste exclusivamente de sándwiches “con un pedacito de jamón”, y que a veces falla la electricidad, dijo su esposa a EL PAÍS.
“Si alguien necesita ir a la enfermería, lo llevan esposado de manos y pies, es un abuso”, añadió la mujer. Su marido, de nacionalidad mexicana, fue detenido el 27 de junio por conducir sin licencia cuando iba a su trabajo, un sitio de construcción cerca de Tampa. Luego fue trasladado a Clearwater, Naples, Miami —donde pasó dos noches “en un lugar pequeñito”— y finalmente a Alligator Alcatraz el 3 de julio, contó la mujer, que “tiene la esperanza” de que lo deporten pronto “a México, y no a otro lado, como El Salvador o no sé dónde”.







