El título es pomposo pero también inequívoco: F1: la película. Se supone que lo de la película pretende aclarar que es la muestra suprema y definitiva de todo el cine que se ha rodado sobre las carreras de coches. Estas disponen de un público amplio e imagino que apasionado, que las contempla en directo en los circuitos o a través de la televisión. Y las califica de gran espectáculo. Imagino que lo es, ateniéndonos a los conceptos de cada persona sobre el espectáculo, todos ellos respetables. También cuentan que todo Estados Unidos vibra con el béisbol y con el fútbol americano. Pero no habiendo tenido el placer o la obligación de aprender a conducir, y no entendiendo nada sobre el funcionamiento y las reglas de los deportes que apasionan a todo cristo en ese lugar del universo, me resulta indiferente o fatigoso el cine centrado en esos deportes.

Mi problema radica en mi ignorancia ancestral. Y uno es demasiado mayor para intentar descubrir nuevos placeres. Aunque cada vez sea más asqueroso el negocio del fútbol, también supone una pasión desde la niñez, y es irrenunciable a estas alturas. Sigo yendo a los estadios y viendo las retransmisiones. Frecuentemente con gesto de aburrimiento o de resignación, aunque de vez en cuando te confirme lo muy hermoso y apasionante que este deporte puede ser a veces.