La cara y la cruz de la vida de Barbara Rey, tal y como ella se retrata en su autobiografía, fue el don de su belleza. Apenas reflexiona sobre ello, pero esa es la clave para bien y para mal. Desde el primer intento de abuso que sufre en su pueblo cuando era una niña (hay mucho tío asqueroso en estas páginas) hasta la posibilidad de reactivar rapidísimamente la relación con Juan Carlos tras el fin de su espantoso matrimonio con el empresario circense Ángel Cristo, un agresor siniestro.

El secreto de esta mujer del negocio del espectáculo, de esta historia de muchas frustraciones y más traiciones, es el temprano descubrimiento de la relación entre el deseo que provoca su belleza, el éxito social y profesional asociada a ella y, naturalmente, el dinero, mucho, que es uno de los temas principales del libro.

Existía la posibilidad de que estas memorias tuviesen algo de episodio nacional, como una historia privada de la España de la segunda mitad del siglo XX. 1950, Totana (Murcia). “Un día, cuando volví a casa, el cerdo ya no estaba”. Es un gran arranque. La mala relación con su madre, que será una constante, queda clara desde esa escena inicial. La madre enferma miente y el mundo traiciona la infancia de esa niña, pero su familia progresa y se compran una casa. La madre limpiaba casas y podrá dejarlo, el padre trabajaba en un molino, luego en una confitería, empieza a estudiar electrónica por correspondencia, abren una tienda, funciona.