Al final, la estrategia de atacar al Gobierno por todos los flancos ha dado sus frutos. Tiraban la red a ver qué recogían; hasta ahora era género chico o inservible, pero al final han pescado una pieza mayor. La campaña persecutoria ha llevado a Pedro Sánchez a blindarse frente a todas las acusaciones, a no dar crédito a ninguna de ellas, cometiendo un error fatal al fiarse de la palabra de su número dos en el partido, Santos Cerdán, pese a rumores y advertencias en contrario.

La opinión pública no suele creerse que, en casos así, el presidente no supiera nada. ¿Cómo no se enteraba de las irregularidades que estaban cometiendo colaboradores muy cercanos? ¿Acaso desconocía los entresijos de su partido y su Gobierno siendo él el máximo responsable?

No es la primera vez que cuando un presidente del Gobierno se ve en la tesitura de tener que dar explicaciones por escándalos de corrupción, declara que no sabía nada de lo que estaba sucediendo en el partido. Lo ha hecho Sánchez estos días, pero lo hicieron también en su día Felipe González, José María Aznar y Mariano Rajoy (José Luis Rodríguez Zapatero nunca ha tenido que dar explicaciones por estos asuntoa). Los presidentes suelen recordar que cae sobre sus hombros la pesada responsabilidad de la gobernación del país, por lo que no pueden estar al tanto de todo y menos de asuntos internos del partido.