Llega el verano. Sol, terraza, amigos, calor. Y ahí aparece el momento estrella: la cerveza fría. Muy fría. Porque con altas temperaturas, nadie quiere una cerveza tibia. Hasta aquí, todo el mundo está de acuerdo.

Pero no todo vale cuando hablamos de enfriar cerveza. Una cosa es fría y otra es maltratada. Por eso, es importante saber qué hay que evitar, derribar algunos mitos y compartir trucos para que la cerveza que tanto costó elegir, comprar o guardar, llegue a la copa como merece.

Empecemos por lo importante: el frío es nuestro amigo si lo usamos bien. La mayoría de los estilos de cerveza se benefician de conservarse refrigerados, incluso mucho antes de abrir la lata o la botella. ¿Por qué? Porque las cervezas (sobre todo las más aromáticas, como las IPAs, las Pale Ales, o las cervezas de trigo) son muy sensibles al calor y a la oxidación. Los aromas a frutas, lúpulo fresco, pan, miel, especias o flores, se degradan rápidamente cuando la cerveza pasa semanas a temperatura ambiente.

Por eso, hay que tener en cuenta que si se va a guardar cerveza en casa, hacerlo mejor siempre en la nevera, pues el frío ralentiza las reacciones químicas que degradan la cerveza.

En cambio, si se compra una IPA recién hecha y se deja semanas al lado del horno o en un trastero a 30 grados, cuando se abre puede que huela a cartón mojado, papel viejo o frutas pasadas. Y no es culpa de la cerveza: es culpa del almacenamiento.