El Fondo Monetario Internacional (FMI) acaba de presentar su informe anual sobre la zona euro, en un momento en que el continente debe hacer frente a nuevas prioridades de gasto e inversión, derivadas de la amenaza geopolítica, la apuesta por una mayor autonomía estratégica y la transición energética y digital. Europa afronta una triple revolución: geopolítica, tecnológica y verde. El informe valora la capacidad de resistencia de la moneda única en un momento de excepcional incertidumbre, pero alerta de retos que pueden amenazar la prosperidad futura. El organismo que preside Kristalina Georgieva calcula que las necesidades de rearme y descarbonización de la economía dispararán un 50% el presupuesto europeo, pero advierte del riesgo de relajar la disciplina fiscal ahora que muchas economías de la eurozona superan con creces los límites de deuda pública recomendados en los tratados.

El FMI recupera así su tradicional papel de guardián de la ortodoxia, que no ha resultado la mejor receta para superar las numerosas crisis vividas en los últimos años. La guerra en Ucrania y la vuelta de Donald Trump a la Casa Blanca han dejado en evidencia que el modelo por el que Europa dejaba su seguridad en manos de Estados Unidos (y su energía en manos de Rusia) ha llegado a su fin. Tiempos excepcionales exigen medidas excepcionales. Hay que elevar el gasto en defensa, como volverá a dejar patente la cumbre de la OTAN de la próxima semana, y al menos una docena de países, con Alemania a la cabeza, ya han solicitado la cláusula de escape que les permite aumentar la inversión militar a costa de mayor déficit y mayor deuda pública.