La imagen que mejor define el Mundial de Clubes en California es la de la plantilla de la Juventus en el Despacho Oval, plantada detrás del presidente de EEUU, Donald Trump, mientras este declaraba la guerra a Irán y hacía comentarios tránsfobos y criticaba la inmigración ilegal. “Hay que llegar de forma legal, como estos chicos”, deslizaba señalando a los atónitos futbolistas. “¿Ustedes podrían jugar con una mujer?”, les interrogaba mientras los jugadores ponían cara de póker y el director deportivo intentaba escurrir el bulto. “Por contra, tenemos un equipo femenino estupendo”. Trump es una de las caras de la moneda de esta competición. La otra podría ser Mohammed Bin Salman, príncipe Saudí, promotor de la competición a través de DAZN, en la que ha inyectado 1.000 millones de euros a cambio de un 10% de la compañía.
Y además es gratis, proclamaba horas más tarde y refiriéndose al torneo Florentino Pérez, a pie de césped y en una de esas raras epifanías periodísticas a las que se presta el presidente del Real Madrid. Gratis para los espectadores. Y también innecesario, probablemente, si ignorásemos las pulsiones de los clubes por ingresar más dinero para pagar una fiesta que desde hace años financian los bancos, los fondos de inversión y los emiratos árabes y Arabia Saudí. Pero hay que ser justos, y esta competición también responde a nuestro apetito insaciable. Yonquis del fútbol, como decía Santiago Segurola en la tertulia de El món a Rac 1 el pasado lunes, resumiendo esa compulsividad incontrolable con la que consumimos ya todo lo que tiene que ver con este deporte.










