Leire Díez bajaba al cuarto de las calderas, y José Luis Ábalos recibía a la Guardia Civil con una camiseta que ya ha ingresado, junto a la sota de bastos y el botijo, en la galería semiótica de lo español. El país bullía de escándalo. Mientras tanto, ¿de qué se hablaba cuando se hablaba del PP? Han pasado tantas cosas que remontarse a la vida antes de Cerdán parece poco menos que tratar del reinado de Witiza, pero, mientras los socialistas hacían pleno al 15 en el Código Penal, tres diarios nacionales escribían sobre la manifestación algo fláccida del PP en Madrid y la portada de Abc en la que Ayuso pedía primarias.

Podía parecer desesperante: ¡otra vez que el PP, con todo a favor, aparece con su perfil malo en la conversación pública! Ocurre que en ningún caso el tema era menor. La batalla por las primarias es la batalla por el poder en el partido, y es ahora cuando hay que darla. Si rige el principio “un militante, un voto”, Ayuso confiaría, llegado el momento, en arrasar: al militante le gusta la gasolina. Si prevalece un sistema indirecto, las baronías de peso —Galicia, Comunidad Valenciana, Castilla y León, Andalucía— buscarían otro perfil: para entendernos, un Juanma. Estamos, además, ante dos modelos de partido: un modelo doctrinario a lo Javier Milei y un modelo apaciguador a lo —citemos a los clásicos— Javier Arenas.