Escucho en el informativo que en Almería no se celebrarán comuniones el próximo año y me alboroza ese ataque de laicidad. La decepción llega con la explicación: el Obispado cree que no basta con dos años de catecismo y a partir de ahora serán tres porque los niños no llegan maduros a un asunto de tanta enjundia. ¡Tres años! Ni tres meses duró el mío y aún recuerdo el suplicio.

Aquellas tardes de sábado en las que me perdía Don Quijote de la Mancha para que me hablasen de diezmos y actos de contrición, no sé qué clase de léxico creía el clero que manejábamos con siete años. Tiene razón el obispo de Almería, no son edades. Como mi desazón era compartida, di por sentado que aquello tenía los días contados; para mi sorpresa, los mismos que resoplaban de hastío enviaron a sus hijos al mismo martirio, y los hijos de sus hijos lo siguen haciendo. El ser humano es un enigma. No solo sufríamos los niños, recuerdo a los adultos atribulados por los costes del asunto: traje, restaurante, fotógrafo… Salía por un pico, pero todos pasaban por el aro y mi barrio no era precisamente acomodado.

La cosa no ha menguado; al contrario, hasta seis mil euros escucho que se gastan ahora las familias. Las hay que incluso piden créditos para financiarlas. Sospecho que no es cuestión de espiritualidad; dudo que todos los padres de esos niños tengan claro lo que son los diezmos y la contrición, ni siquiera que sepan recitar el Ave María sin titubeos. Dejarse llevar, evitar el qué dirán, ser masa, son los motivos que suelen estar tras casi todo lo que se hace solo porque se ha hecho siempre, aunque no te importe, incluso aunque te desagrade.