Entre mayo y junio, muchos niños y niñas españolas reciben la primera comunión. Una celebración que durante décadas fue una cita casi obligada en el calendario familiar y que hoy convive con una realidad bien distinta. Según el informe de 2025 Demografía de la Iglesia Católica, a las puertas de su tercer milenio, elaborado por el CEU-CEFAS, el porcentaje de bebés bautizados y de niños que hacen la comunión es ya inferior al 50% en España, una cifra que lleva décadas descendiendo y que contrasta con los niveles prácticamente universales de hace 50 años. Más allá de vestidos, trajes y regalos, algunas familias se enfrentan a una situación que les genera dudas: ¿qué ocurre cuando es el propio niño quien quiere hacer la primera comunión y sus padres no son creyentes?En hogares alejados de la práctica religiosa, algunos menores expresan su deseo de prepararse para recibir este sacramento. A veces porque sus amigos también lo hacen; otras, porque les atrae la ceremonia o porque sienten curiosidad por las cuestiones espirituales. Ante esta situación, los especialistas recomiendan evitar respuestas automáticas y abrir un espacio de diálogo.“Lo primero sería escucharle”, apunta la psiquiatra Lucía Torres Jiménez. “Antes de responder desde nuestras convicciones adultas, quizá convenga preguntarle qué le atrae de hacer la comunión, qué ha entendido o qué espera encontrar ahí”, explica. Según la experta, no es lo mismo que el deseo nazca de querer participar en una fiesta que de una inquietud más profunda relacionada con la espiritualidad, la religión o el sentido de pertenencia.Según señala Torres, muchos padres sienten incomodidad cuando sus hijos muestran interés por aspectos que no comparten: “A veces pensamos que si los escuchamos, estamos cediendo o traicionando nuestras ideas. Pero acompañar no significa adherirse sin matices. Significa conocer cómo piensan”. La especialista recuerda que la infancia es una etapa en la que aparecen preguntas fundamentales sobre la identidad, la muerte, el sufrimiento o el sentido de la vida. “La religión, con sus luces y sus sombras, ha ofrecido históricamente un lenguaje para esas preguntas. No siempre ha dado buenas respuestas, pero sí ha nombrado algo profundamente humano: nuestra necesidad de sentido”, resume.Desde una perspectiva similar, la psicóloga Sara Pérez-Tomé considera que la cuestión principal no es decidir de forma inmediata si el niño hará o no la comunión, sino comprender qué significado tiene realmente para él y para la familia. “Quizá los padres deberían empezar preguntándose por qué quiere hacerla su hijo y si estamos ante una inquietud espiritual genuina o simplemente ante el deseo de participar en una celebración como la de sus amigos”, señala.Pérez-Tomé recuerda además que este sacramento tiene un significado religioso que va más allá de la fiesta: “Para quienes la viven desde la fe, representa el inicio de una relación más consciente con la vida religiosa y supone un compromiso que continúa después de ese día”. Por eso invita a las familias a reflexionar sobre qué ocurrirá una vez terminada la celebración. “El reto no es la comunión; el reto empieza cuando termina la fiesta”, resume.La psicóloga explica que los menores perciben rápidamente las contradicciones entre lo que se les transmite y lo que observan en casa. “Si se les explica que la comunión es importante, pero después nadie los acompaña en el camino religioso que supuestamente han iniciado, pueden sentirse confundidos”, ejemplifica. Eso no significa, aclaran ambas expertas, que unos padres no creyentes deban impedir que su hijo se acerque a la religión. “Al contrario, la curiosidad espiritual forma parte del desarrollo y merece ser escuchada con respeto. No se debe obligar a un niño a creer, pero tampoco obligarle a no hacerlo”, indica Pérez-Tomé.En aquellos casos en los que los padres decidan apoyar este proceso, la psicóloga recomienda buscar referentes que puedan acompañar al menor si ellos no se sienten preparados para hacerlo, como familiares creyentes o miembros de la comunidad religiosa. “No hay que dejarles huérfanos en su fe si los padres no creen. Solo ofrecerles el apoyo que puedan necesitar”, añade. Torres coincide en la importancia de mantener una actitud abierta y respetuosa. “Quizá la pregunta no debería ser solo ‘¿le dejamos o no?’, sino ‘¿cómo podemos acompañar esta búsqueda sin dejar de ser honestos con lo que nosotros creemos?”. En su opinión, una respuesta sencilla puede ser suficiente: “Nosotros no vivimos la fe de esa manera, pero queremos entender qué significa para ti”. Torres sitúa el foco en la educación más que en la religión: “Educar consiste en permitir que un hijo explore preguntas que no son exactamente las mismas que se hacen sus padres. Y debería hacerse con presencia, pensamiento crítico y respeto”.
Cómo actuar si tu hijo quiere hacer la comunión y tú no eres creyente
Abrir espacios para el diálogo, explorar qué motiva al menor hacia esa dirección y buscar referentes que puedan acompañarle en su elección ayudan a afrontarla con menos conflictos







