Si alguien quiere entender las primeras décadas del siglo XXI, tendrá que investigar el odio de la extrema derecha y una parte de los liberales hacia Greta Thunberg. A partir del odio a la joven activista sueca se puede tirar de todos los hilos del complejo momento en que se acelera el colapso climático y los déspotas responden con guerras coloniales. Este mes de junio, la hoguera de odio hacia Greta ha vuelto a alcanzar enormes proporciones a causa de la Flotilla de la Libertad, que pretendía llamar la atención del mundo sobre el genocidio de Israel contra los palestinos de Gaza.
Thunberg ha sido calificada de “antisemita” y “activista de postureo” por el Gobierno israelí y por todo tipo de personas: desde el extremista de derecha Javier Milei, presidente de Argentina, hasta periodistas que se autodenominan progresistas. Thunberg también tiene esta capacidad, entre muchas otras: exponer similitudes donde sería conveniente ver solo diferencias.
Han dicho que, al denunciar que las fuerzas militares de Israel la estaban secuestrando, intentaba equipararse a los verdaderos secuestrados: los rehenes que hizo Hamás. Como si la gravedad de un secuestro restara legitimidad a otro. Greta Thunberg y los demás activistas fueron secuestrados, sí, ya que se encontraban en aguas internacionales cuando las fuerzas militares israelíes los abordaron y los llevaron a donde nunca quisieron estar.






