Yo siempre había sido defensora de la televisión pública, de hecho sigo siéndolo, os confieso. Esa televisión que, consciente de que no tiene por qué sacar beneficios económicos, ofrece programas culturales, informativos e instructivos para el público. En definitiva, una televisión no comercial en beneficio de todos. También os confieso que cuando empezó La revuelta, y más tarde La familia de la tele comprendí que mi concepción de la televisión pública era un tanto ingenua, ojalá las audiencias me acaben dando la razón y la cosa cambie.
Además, pensaba que los informativos, no solo los noticieros, sino aquellos programas que quieren informar y hacernos pensar, y pienso en La noche en 24 horas, nos proporcionan un buen ejercicio de reflexión a final del día. También eso se vio desmentido el otro día cuando Marta Nebot quiso, no lo logró, cargarse y criticar, no entendí bien por qué, el último libro de Javier Cercas El loco de Dios en el fin del mundo… sin habérselo leído. Pas mal, que dirían los franceses.
Lo que ya me ha llevado a la convicción de que tenemos un problema grave, mucho, en nuestra televisión pública, y no sé si solucionable a corto plazo, es lo que pasó el otro día en Café d’idees, el programa matinal de TVE en su desconexión para Cataluña, el magazín de actualidad presentado por Gemma Nierga, que se emite simultáneamente en La 2 y en Radio 4. Hace unas semanas, Nierga, aprovechando que el Parlament había tumbado una iniciativa para prohibir el velo islámico en Catalunya que presentaron Vox y Aliança Catalana -ya saben, los del cordón sanitario-, trajo al plató a la economista Najia Lotfi (“especialista en Economía y Finanzas Islámicas”, se presenta, porque parece que la economía cambia según cuál sea tu credo). Se les pasó por alto, en el programa, en aras de la pluralidad informativa, llevar ese mismo día a alguien con quien confrontar las opiniones de Najia Lotfi.






