Hay muchas formas de mencionar el partido del que uno es secretario general. Puede decir mi partido, el partido o este partido. Puede citar sus siglas, PSOE, o puede aludir a un colectivo los socialistas, con las variantes de los socialistas españoles o, incluso, el socialismo. Bandera, huestes, legiones (famélicas, ya no, aunque el presidente Sánchez dijo varias veces que tenía hambre), masas, colores, escudo o escuadra son desaconsejables por lo bélico y lo deportivo, aunque se puede hablar de un partido como de nuestra casa. De nuestra familia, mejor no, por connotaciones sicilianas. De todos los sinónimos y símiles para referirse a un partido, Pedro Sánchez escogió este lunes el más abstracto, kafkiano y orwelliano: organización.

Decenas de veces dijo “la organización que dirijo” o “nuestra organización”, y en cada cita se acentuaba lo incorpóreo del término. El PSOE dejaba de ser un partido con militantes, votantes y cargos y se esfumaba en una idealidad ontológica que presagia su extinción. En la incapacidad de un líder para nombrar con naturalidad aquello que lidera se puede leer su irrelevancia futura. Ahí están los comunistas. Quiero decir: ahí no están. Desde que perdieron el nombre, han perdido cuerpo hasta quedarse en puro espíritu y llegar a Sumar, que es un espacio, ni siquiera una organización.