En los inicios de la historiografía sobre las mujeres, la llamada historia del género y ahora historia mixta, fue habitual enhebrar un relato a partir de las fuentes literarias y no exento de una propensión a la victimización. Tenía ello su lógica si pensamos que la fuente principal de la que se bebía eran obras escritas por varones, legitimadores de la razón patriarcal y que acostumbraban a reflejar más el ideal que la realidad.
Esa ubicua moralización de la historia convertía el silencio en el ornato de la mujer y la casa y el telar en su lugar natural y escuela de virtud. Por si no fuera poco, esa asimetría social se revelaba haciendo elocuentes los silencios para señalar que su participación fue vetada en la economía, la política o la guerra, ámbitos que en el mundo clásico definían la ciudadanía plena.
Con el tiempo se amplió el estudio de las fuentes, se aprendió a leer entre líneas y se descubrió a mujeres en todos los ámbitos profesionales; desde la artesanía a la banca, desde el comercio a la medicina que las convertían, más allá del ámbito de los cuidados señalado por la arqueología feminista, en auténticos y verdaderos sujetos económicos. Hacía falta tan solo una aproximación honesta para descubrir que las restricciones de derechos por el género, que existieron, no fueron tan lesivas como la primera historiografía sobre las mujeres quiso manifestar, mezclando algunas veces historiografía y feminismo, combinación siempre legítima si, como dijo la sabia Nicole Loraux, se hace un uso moderado del anacronismo.






