Cuando Boca parecía haber conseguido llevar el partido al callejón en que mejor podía manejarlo, cuando había secado las ideas del Benfica y ya avistaba la primera victoria de un equipo sudamericano frente a uno Europeo, Nicolás Otamendi, hincha de River, les birló el premio cabeceando un córner. Nada elaborado, un clásico de lo más antiguo. Los portugueses rescataron con dos jugadas a balón parado (un penalti y ese saque de esquina) un empate que les había resultado esquivo con el juego, donde mostraron más registros y finura.

Pero el fútbol se decanta muchas veces en sentido contrario de lo que apunta la pelota. A menudo, a favor de la corriente emocional. Boca llegaba sumergido en disquisiciones internas, de la cúpula a la hierba, y se encontró con un equipo académico y dominante. El Benfica se presentó en Miami todavía con el viento de cola de la buena inercia de la Champions. Y el comienzo fue eso, un equipo que había competido hasta los octavos de la Copa de Europa jugando casi solo contra otro medio desorientado.

Los portugueses dominaban el centro del campo con Renato Sanches, Bruma y Florentino Luis. Y Di María, con mucha cuerda todavía a sus 37 años, desconcertaba a sus compatriotas. Aparecía por la derecha, por la izquierda; picaba por el medio, siempre con soluciones para inquietar al equipo de Miguel Ángel Russo. Pisaron el área, le pegaron al poste y Boca juntaba las filas mientras desplegaba un partido crudo, agitado por su gente.