Al décimo intento, llegó la primera derrota de un equipo sudamericano en el Mundial de Clubes, este nuevo torneo en el que se intuía una pequeña Champions y que está resultando una exhibición competitiva de este lado del Atlántico. Cayó Boca, pero después de un ejercicio extenuante de resistencia y duelos callejeros, un partido áspero. Sin embargo, el Bayern aplacó la rebeldía argentina impulsada por la mayor asistencia hasta el momento en Miami, 63.587 espectadores, casi todos cantando por Boca. Los alemanes navegaron por encima de todos los choques, más rápidos, más precisos, mejor estructurados. También más ricos. Tal vez dudaron cuando los argentinos cazaron un empate que parecía improbable, pero siguieron percutiendo y dejaron a Boca casi fuera del torneo, a expensas de que logren una gran goleada contra el Auckland y que el Bayern derrote al Benfica, contra el que empataron en la primera jornada.

Los argentinos, eso sí, obtuvieron una ligerísima reparación histórica. No habían transcurrido diez minutos cuando Olise encontró la red directamente desde el córner. Marchesin contempló el gol olímpico desde el interior de su portería, en el suelo, con Gnabry encima. La jugada contenía casi los mismos ingredientes que otra con la que el Bayern les ganó en Tokio la Intercontinental de 2001, la única vez que se habían enfrentado en un partido oficial. El brasileño Giovane Élber, que precisamente se encuentra estos días en Miami, se enredó con un defensa argentino con el que se quedó enganchado en la hierba. El lance dejó libre el camino al gol de Kuffour con el que los alemanes se llevaron el torneo al final de la prórroga. Entonces Riquelme rabió en el campo. Pero 24 años más tarde, en Miami había VAR, y Riquelme, ahora presidente, respiró en la butaca. Boca recuperó el aliento y la grada retomó el cancionero.