Infinidad de veces. He perdido la cuenta de las ocasiones en que he debido defender a los Beach Boys frente a valoraciones tacañas. Y no necesito sacar el comodín de Pet Sounds, el suntuoso elepé sobre el que parece existir unanimidad. No, también adoro a The Beach Boys anteriores, cuando...
parecían una extensión de la Oficina de Turismo californiana: descapotables, playas semidesiertas, tablas de surf y, uh, “dos chicas para cada chico”. En puridad, ese verso fue cantado por sus competidores, Jan and Dean. Que, urge añadir, se burlaban de sí mismos en el vídeo correspondiente.
Estéticamente, costaba reivindicar a los primeros Chicos de la Playa, con sus camisas de rayas y ese aspecto lustroso de criaturas de clase media, sin grandes problemas existenciales. Luego supimos que en aquel edén había serpientes. Como Murry, el padre de los Wilson, un chusquero que se creía más listo de lo que era: en 1969, vendió la editorial musical del grupo, Sea of Tunes, por 700.000 dólares, una minucia respecto a su valor potencial.
Ideológicamente, fuera del estudio de grabación, no daban pie con bola. En el capítulo de carteles imposibles de la historia del rock, debe figurar su gira de 1968, cuando se presentaron en recintos deportivos con el Maharishi Mahesh Yogui, para entonces ya desechado por The Beatles. La banda hacía un sucinto recorrido por sus éxitos antes de ceder el escenario a su gurú, que sermoneaba al escaso público durante media hora. El recorrido se suspendió tras varios pinchazos de taquilla (y choques con oyentes levantiscos).















