La Toledo medieval parece regresar en el tiempo. Un grupo de cuatro personas, sentadas a una mesa, negocian el intercambio de materias primas. “Necesitas madera, yo te la doy por dos ovejas”, dice una con firmeza, mientras sostiene una carta de cartón con el dibujo de un trozo de leña. Están en Toledum, una feria de juegos de mesa que refleja el creciente interés por este entretenimiento y que Toledo estrenó el pasado fin de semana en el palacio de congresos El Greco. Las cuatro personas reunidas alrededor de un tablero formado por piezas hexagonales y con pequeñas casas encima, juegan una partida de Catán. Es el juego de mesa más vendido de los últimos tiempos, convertido en puerta de entrada a un universo que ha dejado de ser minoritario para instalarse en salones, bares y aulas de clase de toda España.

Con Catán, que convierte a los jugadores en intrépidos colonos en busca de nuevas tierras para construir ciudades, se introdujo al mundo de manera masiva —más de 40 millones de ejemplares vendidos desde su creación en 1995— al juego de mesa moderno, alejado de los clásicos —ajedrez, damas, parchís y demás— y centrado en la temática o la historia y no solo en la mecánica. Un producto que en España ha encontrado un mercado cada vez más grande y que ha tenido un boom importante en los últimos años, bien reflejado el fin de semana en Toledo. A escasos metros de los colonos, un grupo de jóvenes parecen meterse en una sesión espiritista, descifrando mensajes crípticos que un fantasma les lanza en Mysterium. En otra mesa, una familia, en la piel de monjes medievales, investiga la muerte de un compañero en El misterio de la abadía, o unos niños, con la ayuda de sus padres colocan cartas arriba de una botella, con equilibrio e intentando que no se caigan en Cards vs Gravity.