Eddy Merckx cumple este martes 80 años, los mismos que Joan Manuel Serrat, los mismos que habrían cumplido Txomin Perurena, Tarangu y Luis Ocaña, los personajes que dieron luz e ilusión a la adolescencia de un chico de pueblo fascinado por los ecos del mayo del 68, la sangre de Ocaña en el col de Menté, los colores de los maillots del Caníbal en La Cipale tras ganarlo todo en el Tour del 69, el futuro falsamente optimista en el Atomium o el camino de Machado canturreado en las misas de curas rojos. El hombre llega a la Luna el 20 de julio, ese mismo día, y de Bélgica volvían los emigrantes en verano con cochazos y fumando rubio.
Junto a la pequeña iglesia de Sint Brixius Rode, a 20 minutos del aeropuerto de Bruselas vive Merckx en una casa que for fuera son tres tapias de ladrillo visto y las paredes, también en ladrillo rojo, de un taller. Un portón desde la calle se abre a un gran patio de sobriedad sorprendente. No fuentes, no flores, solo un gran rectángulo de césped en el centro. Construidos alrededor, la vivienda, las oficinas, las dependencias y la fábrica de bicicletas que ya cerró y casi le arruina. Todo mira hacia adentro, vida íntima, como las casas de los romanos. Hay escaleras por todas partes, y a Merckx le cruje la cadera. Cojea. Se sienta en un sillón sobre un cojín que le acerca su mujer, Claudine, y no para de removerse, incómodo. No encuentra la postura perfecta, como le ocurría sobre la bicicleta en sus tiempos de devorador de ciclistas e ilusiones, el ogro en los sueños de aficionados ingenuos.








