Hace apenas unos días que empezaron a ser retirados los escombros del que fue hogar de Aya y su familia durante una década. “Aquí entré vestida de novia, me gradué y di a luz a mis dos hijos. Ver la excavadora ahora es como si estuvieran destruyendo mi casa de nuevo, esta vez delante de mis ojos”, sostiene esta mujer, que prefiere no dar su apellido, en el salón de un piso que alquila en la ciudad de Tiro, en el sur de Líbano. Sobre una mesa apila los objetos desconchados que pudo recuperar entre el hormigón de las paredes rotas: una ecografía, fotos, notas en las que escribía recordatorios y algunos muñecos. “Hemos comprado otros, pero los niños siguen queriendo jugar con los de antes”, sonríe.
La guerra en el Líbano enfrentó al partido-milicia chií Hezbolá contra Israel en un conflicto paralelo al de Gaza, que forzó el desplazamiento de más de un millón de personas y la muerte de 4.000. Las zonas más golpeadas fueron las de mayor apoyo a la milicia, especialmente el sur, y, pese a la retirada de tropas de Israel de los pueblos fronterizos que invadió, todavía mantiene hasta cinco puntos de observación dentro de territorio libanés (y los ataques siguen siendo casi diarios). Cuando se cumplen seis meses de la entrada en vigor del alto al fuego, el sur del país se reconstruye arrastrando las heridas del trauma y la pérdida en una región fronteriza que poco sabe de paz.






