Uriel Morales tiene 11 años y una enfermedad rara para la que todavía no existe cura, la distrofia de Duchenne, que afecta a uno de cada 5.000 niños, casi todos varones. De forma progresiva, paraliza los más de 600 músculos del cuerpo. El último en detenerse, el corazón, alrededor de la treintena. Desde la silla de ruedas escucha a su madre, Marisa Parra, contar su historia, de la que es consciente. Pero hay algo que mantiene su ilusión a flote: el fútbol. Seguidor acérrimo del Real Madrid y del Leganés, siempre soñó con conocer a sus ídolos en persona. Tras la muerte de sus abuelos y el aumento de las secuelas, cuando se quedó a las puertas de entrar en un ensayo clínico, Parra contactó con la Fundación Pequeño Deseo para levantarle el ánimo. “Fue el mejor día de mi vida”, dice el pequeño.
Todavía se le pone una sonrisa de oreja a oreja al contar que pensó que iba en coche a una terapia nueva con sus padres cuando llegó a Valdebebas, la ciudad deportiva del Real Madrid. “Vi a Luka Modrić venir hacia mí, después a Ancelotti, abracé a Camavinga, felicité a Brahim por un golazo y Bellingham me firmó la camiseta. Estuve con casi todos, fueron muy majos”, cuenta todavía emocionado.
“Conocer a un ídolo puede llegar a activar la sensación de que las metas sí se cumplen y cuando un niño enfermo cree en eso está confiando también en su capacidad de seguir adelante”, explica Cristina Pozo, psicóloga infantil y directora de proyectos de la Fundación Pequeño Deseo, que brinda apoyo emocional en forma de ilusión a los menores con diagnósticos graves.






